Capítulo primero: Reflexiones sobre el papel y los cambios del sindicalismo de clase desde una perspectiva histórica. Reflexión global sobre el papel del sindicalismo y los cambios que se han venido produciendo, tanto de índole productivo como social, político y demográfico. El corporativismo, el amarillismo. Del sindicalismo gremial, de categorías, al sindicalismo confederal. REINVINDICACIÓN HISTÓRICA DEL SINDICALISMO[1]. Ramiro Reig Primera sesión: viernes, 1 de abril 2011. Documento remitido el 29/03/2011 REIVINDICACION HISTORICA DEL SINDICALISMO La intención de estas páginas es describir cómo se construyó un mundo en el que la justicia y la solidaridad llegaron a ser valores determinantes y advertir de lo que significaría su desaparición. La prioridad de la cuestión social. A lo largo del siglo XIX se produjo en los principales paises europeos la revolución industrial, punto de partida del desarrollo capitalista. Se mecanizó la producción de bienes de consumo, se utilizó la máquina de vapor como poderosa fuente de energía, se construyeron las redes ferroviarias y nació la industria siderúrgica. Todo ello dio lugar a la consolidación de los diversos mercados nacionales y al crecimiento exponencial del comercio internacional. Elemento esencial en el funcionamiento del sistema fue la utilización y explotación de mano de obra asalariada sometida a largas jornadas de trabajo, condiciones precarias y salarios de miseria. Los testimonios imparciales de las comisiones de encuesta, por ejemplo la Comisión de Fábricas del parlamento británico, en 1833, reflejados en imágenes y descripciones literarias, nos muestran un panorama de extrema dureza: niños de siete años agazapados durante toda la noche debajo de los telares para quitar la borra, expuestos a contínuos accidentes, hombres sudorosos picando y empujando las vagonetas en el interior de una galería sostenida por frágiles troncos, mujeres extenuadas sometidas al doble trabajo de la casa y el taller. Para quienes se enriquecían con el nuevo sistema económico estas situaciones parecían normales, más aún teniendo en cuenta situaciones pasadas, y las justificaban con una rotundidad rayana en el descaro. Empresarios hubo que declararon ser mejor que los niños trabajaran diez horas a que anduvieran descarriados por las calles. En cualquier caso era el precio que había que pagar para sostener un sistema que producía riqueza y progreso. Al principio los trabajadores, empujados a las fábricas desde el trabajo artesano o desde el campo, intentaron detener el proceso rompiendo las máquinas. Los ludditas, llamados así por un mítico e ignoto caudillo, Ned Ludd, al que se atribuía el inicio de la revuelta popular, asaltaban las fábricas y destruían las máquinas en un intento vano de detener el avance industrial. Pronto vieron que se trataba de un camino sin salida y que el objetivo tenía que ser la defensa de la dignidad del trabajo en el nuevo orden socioeconómico. Tomando como modelo los antiguos gremios crearon sociedades que agrupaban a los trabajadores del mismo oficio con el fin de hacer frente a las imposiciones de los patronos y mejorar sus condiciones de vida. Aunque al principio tuvieron una influencia limitada, con el paso del tiempo se fueron federando, ampliando de esta forma su capacidad de lucha y su presencia social. En 1835 tuvo lugar en Gran Bretaña el primer Congreso de las trade unions (sindicatos), en 1864 se reunieron en Londres representantes de diversos paises europeos y se creó la I Internacional obrera, con lo que el movimiento se proyectó a escala mundial, y en 1870 se celebró en Barcelona el I Congreso Obrero español con asistencia de un centenar de delegados de toda España. A lo largo de este periodo las luchas obreras estuvieron circunscritas a una empresa o un sector, pero en ocasiones se produjeron estallidos de conflictividad que adquirieron gran resonancia. Las revueltas de los canuts de Lyon (tejedores de seda), en 1833 y 1838, paralizaron la ciudad y llevaron a la intervención del ejército. En la década de los 40 algunas huelgas de las industrias de Londres derivaron en graves altercados en los barrios pobres de la ciudad. El proletariado, nombre que se dió a los trabajadores asalariados, fue adquiriendo fuerza y mostrando su disconformidad con las condiciones que le eran impuestas. La colaboración de las clases populares con la burguesía para terminar con el antiguo orden social, como había ocurrido en la revolución francesa, se rompió al comprobarse que el nuevo orden capitalista no era menos opresor. La revolución de 1848 en Francia, impulsada al principio por una alianza de la burguesía republicana y los obreros de París, amenazó en convertirse en una incipiente revolución socialista hasta que fue cortada de raiz por el golpe de Estado de Napoleón III. También en España, en la revolución del 68, se produjo la ruptura de la alianza entre burguesía y clases populares, fraguada para destronar a Isabel II. El gobierno provisional y el intento de instaurar una nueva monarquía dieron paso a la República federal hasta que la burguesía, asustada por el poder adquirido por las clases populares, reclamó la intervención militar que restauró la antigua monarquía. La historia política del siglo XIX, hasta 1871, es un reflejo de lo que estaba ocurriendo en el campo económico. Rota la imposible alianza, las fuerzas sociales generadas por el desarrollo capitalista, la burguesía y el proletariado, fueron perfilando un mutuo antagonismo. Los dos bloques eran incompatibles, el enriquecimiento de unos se basaba en la explotación de los otros, y la mejora de las condiciones de vida de los de abajo requería un ataque a la lógica del beneficio de los de arriba. Basándose en esta incompatibilidad una serie de pensadores, los socialistas utópicos (Owen, Fourier, Proudhon) y, sobre todo, Marx y Bakunin, trazaron un modelo socioeconómico alternativo, el socialismo o comunismo, que debía convertirse en el objetivo final de la lucha obrera. La próxima revolución llevaría a un enfrentamiento del proletariado con la burguesía para implantar el socialismo, y esto es lo que ocurrió, en pequeña escala, en la Comuna de París. La Comuna de París, a pesar de su corta duración y de la confusión de sus planteamientos, tuvo un enorme impacto provocando una ola de pavor en la burguesía de toda Europa, correlativo al entusiasmo despertado entre los trabajadores. A pesar de la derrota obrera la Comuna significaba que, bajo determinadas circunstancias, el capital podía ser derrotado y, frente a él, construirse otro mundo. Pero esto no quiere decir que los trabajadores se lanzaran de forma desaforada a la revolución, ni mucho menos. El mundo ideal y feliz de una sociedad comunista quedaba como horizonte a conquistar, pero si se exceptúa a algunos grupos anarquistas que creían en un Apocalipsis inminente y recurrían al terrorismo para acelerarlo, el conjunto de los trabajadores se orientó hacia la lucha reivindicativa. El período que va de 1875 a 1914 no fue un tiempo revolucionario sino de consolidación de poderosos sindicatos y realización de grandes luchas de fábrica que tuvieron una trascendental importancia para el futuro. Dejando aparte los logros de tipo salarial o las mejoras en las condiciones de trabajo, de las que luego hablaremos, la acción sindical fue decisiva porque puso al descubierto las disfunciones del capitalismo, deslegitimando la lógica, pretendidamente intocable, del mercado y del beneficio. Conviene subrayar este aspecto sin el cual el sindicalismo pierde todo sentido: la defensa de los trabajadores llevaba necesariamente la denuncia del funcionamiento del sistema. Los capitalistas se opusieron con firmeza, y muchas veces con fiereza, al asociacionismo obrero argumentando que impedía la libertad de mercado y, más adelante, identificándolo con la subversión y el desorden, pero difícilmente podían negar la realidad que los sindicatos denunciaban. El desarrollo capitalista generaba un amenazador problema social, esto era innegable. El mismo año que F. Engels publicaba La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845) apareció Sybill, las dos naciones, una novela en la que el político conservador Disraeli, representante de la sociedad victoriana, reconocía que el país estaba dividido en dos bloques, los ricos y los pobres, dos naciones irreconciliables, según su propia expresión. Una idea remachada por Dickens, en Tiempos difíciles, donde realiza una acerada crítica del capitalismo manchesteriano y de su ciego optimismo. Encuestas como la de Mayhew sobre los barrios pobres de Londres o la de Villermé sobre el trabajo en el sector textil en Francia, ambas realizadas en torno a 1850, mostraban un panorama desolador y preocupante. Los gobiernos crearon comisiones para ocuparse del asunto y comenzaron a legislar sobre las cuestiones más sangrantes (trabajo de las mujeres y niños). Alemania fue el país donde más tempranamente se estableció una incipiente legislación social (seguros de accidente, enfermedad y vejez) de la mano del canciller Bismarck. En España se creó, en 1883, la Comisión de Reformas Sociales que comenzó realizando una completísima encuesta en centenares de municipios sobre la situación de los trabajadores y promovió la acción del gobierno. También la Iglesia Católica tomó cartas en el asunto movida por el deseo de ofrecer soluciones a la miserable condición obrera y por el temor a que las doctrinas socialistas y anarquistas arrastraran a los trabajadores a posiciones que consideraba erróneas. La doctrina social de la Iglesia permaneció atenazada por un miedo irracional al socialismo que le puso a la defensiva y le impidió despegar, pero alguna de sus propuestas parecería revolucionaria a los neoliberales actuales (la obligación de pagar lo que el obrero necesita para vivir con su familia, en abierta oposición al salario de competencia, hoy sería tachada de ignorante y utópica). En todo este concierto de personas e instituciones conscientes de las limitaciones del sistema se contaban empresarios de notable peso (Lever, Cadbury, Krupp, Michelin) que, movidos por convicciones religiosas o filosóficas, trataban de suplir las imperfecciones del mercado con medidas (vivienda, ambulatorio médico, escuela) tachadas de paternalistas, pero que indudablemente mejoraban la situación de sus trabajadores. A diferencia de las sociedades agrarias donde el conflicto se manifestaba de forma esporádica (jacqueries, quemas de cosechas en situaciones extremas) en las sociedades industriales anidaba de forma permanente y, canalizado por los sindicatos, comenzó a aparecer con regularidad. Como hemos visto, gobernantes, ideólogos del sistema y empresarios reaccionaron a la presión del movimiento obrero de dos maneras. En primer lugar trataron de frenar a los sindicatos por todos los medios, legales e ilegales, marginándolos o atacándolos de forma violenta. Y, al no conseguirlo, tuvieron que reconocer que los problemas que denunciaban eran ciertos y debían solucionarse o, al menos, paliarse desde el propio sistema. Lo que importa destacar es que la ingenua o interesada proclamación de un capitalismo libre de toda sospecha desapareció muy pronto de la boca de sus promotores para dar paso al reconocimiento de los desequilibrios y limitaciones. La cuestión social no era un asunto marginal o secundario sino que pasó a ser el centro de la agenda política. El sindicalismo de lo concreto A finales del siglo XIX lo que querían conseguir realizando una huelga los mineros de Carmaux, en Francia, los albañiles sindicados de Barcelona, o los trabajadores del acero de la U. S. Steel, afiliados al IWW, en Pittsburg, era mejorar sus condiciones de vida y trabajo. Con esa acción no pretendían cambiar el mundo lo cual no quiere decir que no aspiraran a un mundo diferente, sin las injusticias del presente. Por este tiempo, en los países avanzados, se habían difundido ampliamente las doctrinas anarquista y socialista y los líderes sindicales eran acusados de “internacionalistas” o “comunistas”, palabras nada tranquilizadoras para la burguesía, que las identificaban con la subversión mundial. Ni los más fervientes anarquistas consideraban esta hipótesis como algo inmediato, y en este sentido era una acusación desmesurada, pero no cabe duda que muchos trabajadores, los “obreros conscientes”, según la terminología de la época, creían que el mundo era injusto y debía cambiar. Desde que a mediados del XIX comenzaron a difundirse modelos alternativos al capitalismo, el sindicalismo estuvo siempre orientado hacia la construcción de un nuevo modelo de sociedad y, conviene repetirlo de nuevo, dejaría de tener sentido si perdiera esta referencia al futuro. Otra cosa es cómo se alcanza una sociedad más justa, si mediante reformas que vayan transformando el capitalismo, o mediante una revolución que lo arrumbe y sustituya por un modelo de sociedad radicalmente diferente. Repasando la historia comprobamos que el sindicalismo, excepto en momentos puntuales, ha sido mayoritariamente reformista. El sindicalismo francés se autodenominaba “sindicalismo revolucionario” y, en España, las sociedades que estaban en la órbita anarquista y formaron la CNT, en 1910, también se consideraban revolucionarias. La tendencia a extremar hasta el límite la lucha reivindicativa, la negativa a aceptar la mediación de los partidos políticos, y la insistencia en la huelga general, eran elementos que los diferenciaban de los sindicatos de la órbita reformista. Sin embargo en la praxis concreta coincidían con ellos y se comportaban de manera prudente, resistiendo hasta un límite razonable y buscando asegurar lo conseguido. En una de las huelgas más famosas de nuestra historia, la huelga de la Canadiense, que paralizó Barcelona durante más de un mes, en 1919, el dirigente de la CNT, el Noi del Sucre, pidió, en un espectacular mitin celebrado en la plaza de toros, la vuelta al trabajo. En la ciudad se respiraba un clima revolucionario, pero el experto lider cenetista prefirió una retirada ordenada antes que un fracaso. Es cierto que tanto la CNT como el sindicalismo francés fueron más radicales que la UGT o el sindicalismo alemán, y en líneas generales se mostraron más intransigentes, pero no es correcto establecer una línea tajante de separación entre dos modelos, el revolucionario y el reformista puesto que tienen muchos puntos en común. El reformismo sindical tuvo su fuente de inspiración en el revisionismo marxista de Bernstein y Kautsky. Para Bernstein los intentos revolucionarios de derribar el capitalismo estaban llamados al fracaso por varias razones. En contra de lo señalado por Marx sobre la proletarización de la sociedad capitalista que había de llevar a la concentración de la riqueza en pocas manos y al empobrecimiento del resto, el desarrollo capitalista había fortalecido y ampliado el espectro de las clases intermedias, poco interesadas en un cambio radical. Unido a esto las sociedades modernas desarrollan un entramado institucional muy amplio y resistente que continúa en pie aunque se ataque y destruya el aparato del Estado. La idea de que con unas barricadas en París se cambiaba el país entero, como ocurrió en las revoluciones de 1830 y 1848, era cada vez más incierta. La transformación social no se conseguiría mediante un golpe de mano sino mediante reformas progresivas impulsadas por la lucha sindical y de masas. Con este planteamiento el reformismo sindical no renunciaba a cambiar el mundo, aunque se propusiera un camino más lento y metas más limitadas, y es un hecho que lo consiguió. El capitalismo del Estado de Bienestar en Alemania o Suecia, en los años 60 del siglo XX, era completamente diferente al capitalismo de cien años antes. Cada pequeño avance fue conquistado con sangre, sudor y lágrimas. En la lucha por la jornada de ocho horas cayeron los mártires de Chicago, acusados falsamente de haber matado a unos policías en una manifestación (1888). En su honor y para conseguir los tres ochos (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho para poderlas dedicar a la familia y la formación) se instauró la jornada internacional del 1 de Mayo. A partir de 1890, en esta fecha, se celebraron mitines y manifestaciones en todo el mundo que fueron, en muchos casos, reprimidas por la fuerza pública. En 1891 en Fourmies, un pueblo minero de Francia, el ejército disparó contra los manifestantes, causando nueve muertos y treinta y cinco heridos. El mero reconocimiento del sindicato como representante de los trabajadores llevó a duros enfrentamientos en muchos lugares. En Homestead Mill, la factoría de la U.S. Steel en Pittsburg, propiedad del magnate Carnegie, trescientos agentes de la agencia Pinkerton, contratados por la empresa para atacar a los huelguistas, fueron repelidos por éstos, muriendo siete obreros y tres agentes (1894). La petición de un aumento salarial chocaba, por lo general, con la negativa de la patronal y derivaba en conflictos que a veces involucraban a toda una ciudad (huelga general en Milán, 1898, Barcelona, 1902, Bilbao, 1903) o a todo un sector (huelga de los mineros del Ruhr, en 1905, en la que participaron 240.000 y que se prolongó durante cuatro semanas). Los citados son tan solo algunos ejemplos de los centenares de luchas que fueron marcando el avance del movimiento obrero. Con tenacidad y coraje, afrontando la amenaza de los despidos y de la cárcel, dando en ocasiones la vida, los sindicatos fueron consiguiendo mejoras importantes y, en vísperas de la guerra del 14, en los países industrializados, eran una fuerza con la que los patronos y los gobiernos tenían que contar. ¿Había llegado el momento de dar un paso más, derrocar el capitalismo y sustituirlo por un sistema comunista? Las devastadoras consecuencias de la guerra y, más tarde, la crisis del 29 crearon un terreno propicio a los estallidos revolucionarios. Las rupturas revolucionarias En Rusia, en octubre de 1917, los bolcheviques tomaron el poder acabando con el gobierno provisional formado tras el derrocamiento del zar. Aunque la guerra civil entre blancos, partidarios del antiguo régimen, y rojos continuó en algunas regiones, al terminar la guerra mundial, en 1918, el régimen comunista parecía suficientemente consolidado y se ofrecía como ejemplo a seguir por los revolucionarios de todo el mundo. Alemania fue el pais donde aparentemente se daban las condiciones óptimas para que estallase la revolución. El inesperado fin de la guerra, con la rendición de Alemania y la abdicación del emperador, dejó un extendido sentimiento de frustración, acompañado de una situación de vacío de poder. Por doquier surgieron consejos de soldados y obreros que, a la manera de los soviets en Rusia, proclamaron la república socialista en Baviera y Berlín. Pero el gobierno provisional, dirigido por los socialdemócratas más moderados, fue haciéndose con el control de la situación con la ayuda del ejército y de los freikorps, cuerpo de voluntarios de extrema derecha, y se estableció una república parlamentaria. Diversos factores (el pago de las reparaciones de la guerra, la hiperinflación, el elevado desempleo) hicieron que la República de Weimar viviera en contínua zozobra, zarandeada por las tensiones sociales y por un nuevo fenómeno, el fascismo o nazismo, que aglutinaba bajo la bandera nacionalista a las fuerzas contrarrevolucionarias y que terminó por imponerse en 1933, en el contexto de la crisis económica mundial. La pregunta sobre si la colaboración de los socialdemócratas moderados con los partidos burgueses, y el recurso al ejército para frenar la revolución, no solo fue una traición a sus principios sino un grave error que dejó abiertas las puertas a las fuerzas reaccionarias, o si por el contrario la república de Weimar podía haber sido la solución a los graves problemas con los que se enfrentaba Alemania, es una cuestión que sigue abierta en el debate historiográfico. La crisis de la postguerra repercutió también gravemente en Italia. A lo largo de 1919 y 20, en el llamado “biennio rosso”, grupos de campesinos del centro y del sur ocuparon las tierras, y en las ciudades industriales del norte se produjo una oleada de huelgas que terminó con la ocupación de las principales fábricas en Turín y Milán y la formación de consejos de fábrica, a la manera de Alemania. No obstante la inminencia de la revolución parece haber estado mucho más alejada aquí que en Alemania donde el movimiento obrero estaba mejor organizado. La represión del gobierno contó con la ayuda no solo del ejército sino de los escuadristas del partido fascista. Ante la pasividad de las fuerzas del orden las “casas del pueblo” fueron asaltadas e incendiadas por los fascistas, y los lideres sindicales atacados de forma violenta. Al biennio rosso le sucedieron dos años, 1921-22, el “biennio nero”, durante los cuales los fascistas actuaron libremente con la típica táctica de crear el desorden para reclamar una mano dura que lo frenara. Tras la marcha sobre Roma, el rey encargó a Mussolini la formación de gobierno dejando el país en sus manos. Como en Alemania la revolución fue derrotada por el fascismo. Por lo que respecta a España, que no había sufrido la guerra pero era una sociedad atrasada susceptible de recibir el impacto de la oleada revolucionaria, la revolución apuntó pero no tuvo fuerza suficiente para extenderse por todo el país. El triennio bolchevique (1919-21) comenzó en Barcelona con la huelga de la empresa eléctrica, la Canadiense, que paralizó la ciudad al unirse a ella las compañías de gas y aguas potables. Se militarizaron los servicios, se hicieron centenares de detenciones y la CNT aceptó un final negociado del conflicto. El malestar obrero persistió y explotó en actos de terrorismo antipatronal que fueron respondidos por pistoleros de la propia patronal. Barcelona se convirtió en una ciudad peligrosa con decenas de asesinatos por las dos partes, una lucha en la que el sindicalismo de masas salió perdiendo ya que con la excusa del terrorismo el movimiento sindical fue severamente reprimido y muchos de sus líderes encarcelados. En 1923 el golpe de Estado de Primo de Rivera y la instauración de la Dictadura cortó de raiz las posibilidades de lucha. En 1929 la crisis económica, al extenderse por todo el mundo, abrió un período de incertidumbre y de inestabilidad que hacía temer por la supervivencia del sistema. En los estudios en los que se comparan las diversas crisis económicas se suele pasar por alto que lo que distingue la del 29 de todas las demás no es su gravedad sino la percepción de la misma. Se creía, lo creían los propios representantes del sistema, que el capitalismo liberal estaba herido de muerte y que se necesitaban profundos cambios para evitar su derrumbe. En este contexto el fascismo se presentó como el movimiento que podía reorganizar la sociedad y la economía sometiéndolas al poder despótico de una dictadura. La sociedad alemana cedió a esta tentación y se dejó avasallar por el nazismo. Por el contrario en los Estados Unidos la intervención del Estado en el mercado, necesaria para salvar la economía, se realizó de forma democrática implicando en ello a empresarios y sindicatos. El programa del New Deal, propuesto y llevado a término por el presidente Roosevelt, supuso, en palabras de Keynes, el fin del laissez-faire y el impulso del capitalismo corporativo. El dilema entre reformas y revolución se resolvió liquidando definitivamente la segunda, pero abriendo un camino hacia cambios profundos. Las reformas estructurales tenían un calado muy superior al practicado hasta el momento y pretendían de esta manera asimilar el movimiento obrero al sistema, ofreciendo una respuesta satisfactoria a sus principales reivindicaciones (empleo, vivienda, seguridad social). El período de entreguerras, de 1919 a 1939, fue un momento crucial en la historia de Europa y América en el que chocaron con enorme violencia tres proyectos: el avance por el camino de las reformas, como hemos visto en el new-deal, la construcción de un mundo nuevo ajeno al capitalismo, como se iba a intentar en Rusia, y el establecimiento de regímenes totalitarios, como el nazismo alemán. A España le tocó vivir con enorme dramatismo la posibilidad de una via reformista y, tras el fracaso de ésta, el enfrentamiento entre la revolución y la contrarrevolución. Como es bien sabido, durante la República (1931-36) la izquierda republicana y los socialistas llevaron a cabo una serie de importantes reformas (reforma agraria, jurados mixtos, escolarización, autonomías) que fueron brutalmente interrumpidas por la rebelión militar. Durante la guerra los anarquistas, y en parte también la UGT, intentaron poner en pie un modelo económico basado en la propiedad colectiva, mientras los rebeldes avanzaban brazo en alto con toda la parafernalia fascista. Fue el preludio de la segunda guerra mundial en la que iba a decidirse el rumbo de la historia. Con la victoria de los aliados el fascismo quedó definitivamente desacreditado y vencido, y las posibilidades de una revolución comunista fueron confinadas a Europa del Este, sometidas a los dictados soviéticos. En Europa occidental el ciclo revolucionario, característico del período de entreguerras, quedó clausurado para siempre, se implantaron democracias avanzadas en el terreno social, y el movimiento obrero optó por una estrategia de reformas de la que obtendría un excelente resultado. De ello hablaremos en otro apartado, pero antes es conveniente que analicemos la cultura sindical que la lucha obrera fue fraguando y que, a su vez, contribuyó a impulsarla. Ellos y nosotros En la inolvidable película de John Ford Qué verde era mi valle, historia de una familia obrera de Gales, el poblado minero, en el fondo del valle, y la mansión de los propietarios de la mina, en una colina, aparecen claramente diferenciados y contrapuestos. La disposición espacial, expresamente buscada por Ford, escenifica algo que va más allá de las diferencias de estatus o de riqueza y tiene que ver con la oposición de dos mundos culturales, el de nosotros y el de ellos. Nosotros entendemos el trabajo, el dinero, la amistad, la utilidad de las cosas, la diversión y el ocio, de una manera distinta a ellos. Esto no significa, claro está, que todos los obreros se atuvieran en su conducta a una determinada concepción del mundo, sino que los obreros más conscientes habían ido creando un mundo de representaciones y valores que los envolvía a todos. En los inicios del capitalismo industrial en Francia Frederic Le Play, considerado uno de los pioneros de la sociología, estableció la tesis del desarraigo. Según esta teoría, los obreros de las grandes industrias, procedentes del mundo rural, se encontraban perdidos en un mundo que para ellos carecía de referencias y no conseguían integrarse en la nueva realidad. Aunque esto era cierto al principio ocurrió que muy pronto los trabajadores, en interacción con el nuevo medio, fueron generando una forma de actuar y de estar en el mundo, es decir, una cultura, acorde con la nueva realidad. La disciplina fabril imponía esfuerzos desacostumbrados, pero tenía también un valor educativo. El torpe campesino convertido en obrero de fábrica aprendía a ser tenaz, ingenioso y hábil, cumplidor y perseverante. De estar sometido a la naturaleza había pasado a dominarla con la máquina y sentía el orgullo del trabajo bien hecho. Esas fotos de los trabajadores de un astillero sobre la cubierta del barco, en la embocadura de un túnel, o sobre un gran puente de hierro, sonriendo satisfechos el día de la terminación de la obra, muestran la centralidad del trabajo en la cultura obrera. El trabajo no es solo necesario para vivir sino lo que da sentido a la vida, de ahí el tremendo drama del desempleo. Una de las escenas más desoladoras de Los lunes al sol es aquella en que los trabajadores del astillero, ahora en paro, pasean frente al barco arrumbado para el desguace. Es el fin de su mundo. Trabajar cansa y, en los comienzos de la industria, podía resultar agotador. Al terminar la embrutecedora jornada el obrero buscaba distracción y reposo en la taberna. En los informes de la Comisión de Reformas Sociales (1883) aparece la taberna como el principal enemigo del obrero, el lugar de perdición donde consumía su dinero y su salud. El Casino republicano y la Casa del Pueblo se ofrecían como alternativa al obrero consciente. Allí podía encontrar sano esparcimiento jugando con los compañeros al dominó (sin los efluvios del alcohol) e instruirse escuchando alguna interesante conferencia. La instrucción es el gran tópico de la cultura obrera, la suprema aspiración, porque de la falta de instrucción provienen todos los males del pueblo. Así lo reconoce un simpático personaje de Sangre y arena, la novela de Blasco Ibáñez, que por su pertenencia a la Internacional había sido despedido del taller metalúrgico y se había metido a banderillero, un ofisio reasionario. El antiguo internacionalista lo tenía bien claro: a los probes nos engañan porque no tenemos instrusión. Para remediar este mal estaba la prensa obrera que no solo informaba sino que conformaba la visión del mundo del militante. Los ricos se pelean entre ellos para ser más, los pobres nos tenemos que ayudar para sobrevivir. Este sentimiento de la cultura popular de todos los tiempos se incorpora y reformula en la cultura obrera debido al entorno en el que nace. De un lado la prepotencia de los capitalistas, del otro la solidaridad de los trabajadores. El conocido economista y premio Nobel Robert Solow, en El mercado como institución social, ha explicado las razones de la solidaridad obrera a partir de las características del mercado de trabajo. Dado que, por lo general, la oferta de mano de obra es superior a la demanda actuar de forma individualista y competir a la baja por el puesto de trabajo llevaría a una situación de desvalorización total ya que siempre habría alguien dispuesto a trabajar por menos. Incluso desde el punto de vista egoísta es mejor presentarse unidos fijando un tope salarial por debajo del cual nadie aceptará trabajar. Sin necesidad de esta argumentación, planteada desde el individualismo metodológico, los trabajadores siempre han sentido que necesitaban unirse para vencer a los patronos y esta percepción elemental de que la unión hace la fuerza es la base del sindicalismo. Las características del trabajo industrial, realizado con frecuencia en equipo y acompañado por rituales de grupo (el almuerzo con los compañeros, la salida multitudinaria de las fábricas, los paros espontáneos cuando se producía un accidente mortal) reforzaban el sentimiento de compañerismo. En la cultura sindical la unión ha sido y es mucho más que una actitud defensiva o una estrategia para conseguir fuerza. Se trata de un sentido de identidad y de pertenencia a un colectivo, la clase obrera, los oprimidos y explotados en el trabajo, sin distinción de raza, sexo, religión o nacionalidad. La solidaridad de clase traspasa las fronteras. Los sufrimientos de un fundidor de Pittsburg, de una tejedora de Manchester o de un minero de Asturias, tienen la misma causa y su lucha contra la opresión capitalista es la misma. Como expresaba el lema del IWW, International Workers of the World, an injury to one is an injury to all, una injuria a uno de los nuestros es un ataque a todos nosotros. A finales del siglo XIX un gran número de ciudades, imitando lo realizado en Paris por Haussmann, acometieron grandes planes de reforma urbana. El saneamiento del antiguo casco urbano y la apertura de espaciosas vías tenían varios objetivos entre los que se contaba la cualificación y diferenciación de espacios. La demolición de la vieja ciudad suponía la expulsión de la gente humilde que desde siempre había vivido allí y el nacimiento de los barrios obreros en la periferia, plasmándose así en la disposición del espacio la contraposición ellos-nosotros. Los barrios obreros respondían muchas veces a las sórdidas descripciones de Dickens o Zola, hacinamiento, miseria, estrechez de los habitáculos, insalubridad. Pero en muchas ciudades industriales de Gran Bretaña, en las grandes empresas de la cuenca del Ruhr, o en las zonas mineras y textiles del nordeste de Francia, se construyeron muchos barrios con casas unifamiliares con un cierto decoro. Donde se podía vivir con algún desahogo, y ese era el objetivo de la lucha sindical, la cultura obrera generaba un comportamiento en la vida cotidiana basado en la “respetabilidad”. Hacerse respetar no significaba aparentar más de lo que se es, como hacían los burgueses, sino todo lo contrario, mostrar que la pobreza llevada con dignidad merece el máximo respeto. Los obreros no se avergonzaban de lo que eran, presumían de ello. Mirémosles, hoy es domingo y ahí están haciendo gala de su condición, con la gorra calada el hombre, la camisa abrochada sin corbata, blanca, bien planchada, la mujer con la toca sobre los hombros y el moño recogido, el chico pequeño con la chaqueta del mayor arreglada por la madre, las botas usadas relucientes. Caminan orgullosos, pero es sobre todo la madre la que ocupa el centro de la escena. En la asignación de roles de la cultura obrera correspondía a la mujer, responsable de los hijos y del hogar, garantizar la respetabilidad. En los sainetes costumbristas se dice de esa mujer ejemplar que es “honrada y limpia”, subrayando no solo que es fiel a su hombre sino que sobresale por el orden y el aseo. Del marido se afirma que es un hombre “serio y cabal” que entrega todo lo que gana a la mujer para que lo administre. Anselmo Lorenzo, el conocido lider anarquista, cuenta en sus memorias, El proletariado militante, que mientras trabajaba en un taller, en Francia, se puso a cantar un aria de ópera lo cual provocó el asombro de sus compañeros, sorprendidos de que un obrero español tuviese cultura musical. Lorenzo, que tenía el genio corto, se molestó por la observación que él consideraba un menosprecio del proletariado español. Seguramente exageraba. La ópera, como espectáculo, era el templo sagrado adonde iba la burguesía a lucir sus galas y no es casual sino simbólico que un anarquista lanzara una bomba en el Liceo de Barcelona. Al margen de esto, al pueblo le gustaba la música de calidad, como lo prueban los Coros Clavé creados a imitación de las sociedades musicales formadas por obreros en Gran Bretaña y Alemania. En Qué verde era mi valle la confirmación de la respectability que se merecen los obreros es que el coro de los mineros sea recibido por la Reina. Y en Tocando el viento, la película de M. Herman, lo último que les queda por hacer a los trabajadores de una fábrica que va a ser cerrada, para mantener su orgullo y fijar la memoria colectiva, es que su coro gane en los Proms. El asociacionismo obrero para canalizar el ocio fue muy rico y variado. A principios del siglo XX el deporte, que había sido exclusivo de las clases ociosas y de las Universidades que competían entre sí (la famosa regata Oxford-Cambridge), pasó a ser una poderosa forma de agregación de las clases populares que se identificaban con los colores del equipo de su barrio. Este fenómeno se desarrolló, sobre todo, en Gran Bretaña donde en las principales ciudades competían el equipo de los obreros y el de los ricos (Tottenham y Chelsea, en Londres, Everton y Liverpool). Una rivalidad que ha perdurado hasta nuestros días es la del Celtic Glasgow con el Rangers atribuída al enfrentamiento entre católicos y protestantes. Aunque esto es cierto se trataba, en el fondo, de un enfrentamiento de clase ya que los católicos eran los emigrantes irlandeses que se establecieron en Glasgow en busca de trabajo. Nosotros éramos distintos a ellos, y cuando jugábamos a lo mismo lo hacíamos en equipos diferentes. La riqueza de una cultura depende en buena parte de su capital simbólico y la cultura obrera fue acumulando a lo largo del tiempo una buena cantidad. Las fechas conmemorativas (el 1 de mayo y el 8 de marzo, día de la mujer trabajadora) adquirieron y aún gozan de un potencial simbólico universal. Las banderas rojas y los puños en alto. Las canciones que hablan de sufrimiento, coraje, lucha y esperanza, Bandiera rossa, en Italia, Which side are you on, De qué lado estás tú, la vibrante canción de los “wobblies” americanos, transmitidas de padres a hijos. La entrega y recepción del carnet de afiliación, en una ceremonia con cierto carácter sacramental, la iconografía de los locales y la liturgia de los mítines. En una palabra, el mundo obrero forjó toda una simbología que reforzaba sus señas de identidad y que perduró incluso cuando la sociedad de consumo comenzó a difuminar las diferencias externas. Hay que tener en cuenta que la operatividad de una cultura no requiere que se esté viviendo en idéntica situación sino en que se compartan los ideales y valores que expresa. Cambio estructural y poder corporativo El período que va del final de la segunda guerra mundial, en 1945, a 1980 se caracteriza por el cambio de modelo económico y por el apogeo del sindicalismo. Suele llamársele período keynesiano fordista por estar vertebrado por grandes corporaciones de tipo fordista y orientado por la teoría económica keynesiana. Se distingue por el pleno empleo y el consumo de masas, la protección social y la intervención del Estado. Hasta este momento la vida obrera había crecido amenazada por cinco terribles espectros: la enfermedad, la vejez, la ignorancia, la falta de vivienda y el paro. La magnitud de estos problemas superaba la capacidad de los sindicatos cuyo primer objetivo era asegurar el empleo con un salario que permitiera vivir y que difícilmente daba para ahorrar. Las sociedades de socorros o de ayuda mútua, las Friendly Society británicas, las Mutualités francesas, inspiradas en las ideas de Owen y Proudhon, podían disponer de una cantidad de capital muy escasa. La gravedad de la cuestión social que, como hemos dicho al principio, era la principal preocupación de los gobiernos, exigía la intervención de éstos, pero la cobertura de las necesidades sociales tuvo un ritmo de implantación y una amplitud diferente según los países. Incluso en los que estaba más desarrollada, como Alemania y Gran Bretaña, tenía un carácter fragmentado, limitado a colectivos específicos, y prestaciones muy bajas. El salto a un sistema de cobertura universal, concebido como un derecho ciudadano, se dio tras la segunda guerra mundial y tuvo como punto de referencia el informe Beveridge de 1942 y la Nacional Insurance Act de 1946 que establecía una contribución específica para cubrir las pensiones de vejez, el seguro de desempleo y la atención sanitaria. El Servicio Nacional de Salud británico, creado en 1948, sirvió de modelo al resto de países europeos y su filosofía se resume en el siguiente principio: “la atención proporcionada no dependerá del pago sino de la necesidad”. En un centro público debía darse la misma atención al patrón y al obrero. Como escribió con fina ironía F. de Wendel, el gran patrón de la siderurgia francesa, hospitalizado a pesar de sus millones en un centro público: “en la habitación de al lado se encuentra el camarada Jouhaux” (secretario general de la CGT). La implantación del Estado de Bienestar en Europa ha sido uno de los hechos más trascendentales del siglo XX, seguramente el que ha tenido una repercusión más positiva. Como escribió el sociólogo T. S. Marshall, abrió un nuevo ciclo histórico, el de la democracia social. Los bienes más valiosos (sanidad, enseñanza) se ofrecen por igual a todos los ciudadanos y su financiación, basada en un sistema fiscal en el que pagan más los de mayores ingresos, realiza una redistribución de la renta a favor de los que menos tienen. La intervención del Estado en la economía cambió la forma de actuar del sindicalismo ya que comprendía una serie de actuaciones en las que se buscaba implicar mediante pactos a los agentes sociales, las grandes corporaciones industriales y los sindicatos. Antes de que se generalizara esta política, tras la segunda guerra mundial, se practicó, con mayor o menor amplitud en algunos países. El New Deal, el nuevo contrato propuesto por Roosevelt al ser elegido presidente en 1932, contenía diversos programas de recuperación económica entre los que destacaba el dirigido a la industria, el NIRA. Las empresas que se incorporaban a este programa debían elaborar un código de conducta comprometiéndose a no reducir la producción y colaborar con los sindicatos. Por la ley Wagner estaban obligadas a reconocer al sindicato que hubiera obtenido la mayoría y a negociar con él. La afiliación sindical se duplicó, pero algunas de las empresas más poderosas se negaron a cumplir la ley. La derrota de la General Motors, en 1937, ante el sindicato del automóvil, el UAW, después de una huelga durísima, con ocupación de la fábrica, se convirtió en el símbolo de los nuevos tiempos. El convenio firmado entre la empresa y el sindicato sirvió de referencia a todo el sector del automóvil, y el modelo contractual se aplicó en los principales sectores de la industria (electricidad, siderurgia, minería). El New Deal prefiguró un modelo, llamado por algunos corporatismo democrático, basado en un sistema de checks and balances, o de equilibrios, en el que los intereses económicos organizados (patronal y sindicatos) intentaban, de acuerdo con el gobierno, regular la actividad económica. El gobierno del Frente Popular, en 1936 en Francia, intentó discurrir por un camino parecido. Alentado por las promesas de cambio se produjo en todo el país un movimiento de ocupación de fábricas que terminó con los acuerdos de Matignon entre el gobierno, la patronal y los sindicatos. La medida más espectacular fue la semana de vacaciones pagadas que ha pasado a la historia en decenas de relatos literarios y cinematográficos. Pero donde primero se produjo el cambio del modelo del laissez-faire al keynesiano fordista fue en Suecia con la llegada al gobierno, en 1932, del partido social demócrata. A falta de una mayoría holgada para llevar adelante su política de reactivación económica los socialdemócratas se apoyaron en un pacto social entre patronal y sindicatos cuyo eje era la redistribución de la renta mediante la presión fiscal y la oferta de bienes y servicios públicos. Los sindicatos entraron en el juego que prometía una sociedad más igualitaria y el empresariado vio con buenos ojos una sociedad que aseguraba la estabilidad y la demanda. El modelo sueco se consolidó con sucesivos triunfos electorales de los socialdemócratas y se convirtió en el ejemplo a imitar. La segunda guerra mundial dejó un legado de valiosas enseñanzas de cara a la construcción del nuevo orden mundial. El sentimiento más extendido era que no podían repetirse las circunstancias y los hechos que habían llevado a aquella horrible orgía de muerte: el paro masivo y las dictaduras fascistas. Había que construir sociedades democráticas firmemente asentadas en el pleno empleo, la protección social y el consumo de masas. El modelo económico adoptado fue el de economía mixta en la que se compaginaba la libertad de mercado con la regulación, y el respeto a la propiedad privada con una amplia presencia del sector público. Un modelo, es necesario recordarlo, sobre el que existía un consenso generalizado entre los partidos políticos de la derecha y de la izquierda, entre la mayoría de economistas, puesto que el paradigma keynesiano se impuso en las Universidades, y entre los agentes sociales. Para las grandes corporaciones, dedicadas a la producción masiva de mercancías (electrodomésticos, automóviles), el impulso dado por el Estado al desarrollo era fundamental, y los sindicatos veían la posibilidad de una sociedad más justa. Pero esto no significa que desapareciera el conflicto social y que la clase obrera se integrara mansamente en la sociedad de consumo. A lo largo del período hubo dos grandes oleadas huelguísticas impulsadas por un sindicalismo en alza, la primera en torno a 1950 para asegurarse una posición de poder en la nueva sociedad que se estaba diseñando, la segunda a mediados de los 60 para ampliar las reformas en un momento en que parecían detenerse. Desde todos los puntos de vista estos años (1950-70) representan la edad de oro del sindicalismo por la afiliación, la combatividad, el poder contractual y las mejoras sociales alcanzadas. La tesis que califica este período como una etapa de dejación e integración pasiva en el sistema capitalista es difícilmente sostenible. Sociológicamente la centralidad obrera alcanza el punto más elevado propiciada por corporaciones gigantes con miles de trabajadores. Ideológicamente la creencia en que la clase obrera es el motor del cambio continúa vigente y, en este sentido, es significativo que, en Francia, el gesto de los curas-obreros de ir a trabajar, en 1946, a las fábricas lo repitan con la misma fe los estudiantes sesentayochistas. Para unos y otros la salvación tenía que venir de la clase obrera. Los metallos que desfilaban por París en una manifestación multitudinaria, en 1960, se parecían poco a la imagen frentepopulista personificada en la pantalla por Jean Gabin, con la gorra ladeada y el eterno gauloise en la comisura de los labios, pero avanzaban con la misma firmeza. Vestían mejor, vivían mejor, pero ¿acaso la lucha se afronta para vivir peor? Colectivamente eran más fuertes. Billancourt y Mirafiori eran bastiones obreros y una huelga de la Renault, de la Fiat, o del IG Metall, podía poner en jaque al país. Los sindicatos, incluídos los de mayoría comunista como la CGIL, se identificaban con el proyecto socialdemócrata. Creían que los cambios estructurales que se estaban produciendo no solo mejoraban sustancialmente el bienestar de los trabajadores sino que imponían barreras a las tendencias destructivas del capitalismo. Estaban por la labor de apoyarlos, pero la elevada conflictividad de este período demuestra que no habían renunciado a seguir luchando por una sociedad más justa. Los acuerdos de Grenelle entre los sindicatos CGT y CFDT , la patronal y el gobierno, con los que se trató de poner fin a la oleada huelguística que acompañaba la rebelión estudiantil de mayo del 68, en Francia, no fueron un acta de rendición del movimiento obrero frente al capitalismo. Significaron, eso sí, la confirmación de la renuncia a una revolución de carácter cataclísmico (derrumbamiento repentino y total del capitalismo) de la que el movimiento obrero hacía tiempo que se había apartado en los países avanzados para seguir un camino de reformas. Lo mismo cabría decir del sindicalismo italiano donde la CGIL participó activamente en las luchas del autunno caldo hasta que se llegó a un punto en el que había que optar entre el camino de demolición del capitalismo propuesto por grupos izquierdistas insurreccionales, sin arraigo en las masas y sin perspectiva alguna de éxito, o el camino tradicional del sindicalismo reformista. Puede juzgarse acertada o equivocada esta opción que es determinante y reiterativa a lo largo de la historia del sindicalismo, pero lo que no puede afirmarse es que haya supuesto una renuncia a la lucha por la transformación social. Si el mundo es hoy más justo que hace ciento cincuenta años se debe, en gran parte, a la lucha sindical. Y si se ha producido un retroceso en los últimos veinte años no ha sido debido a la abdicación de los sindicatos sino a que los cambios en el modo de producción han sido aprovechados por los representantes del capital para recuperar el terreno perdido. España diferente a la fuerza Durante todos estos años, en los que se produjo un significativo avance del sindicalismo, España permaneció al margen debido a la dictadura franquista. Los sindicatos obreros fueron prohibidos en 1939 y no volverían a ser legalizados hasta 1977, ya en democracia, sus líderes perseguidos y encarcelados, y la actividad sindical libre y al margen del sistema fue reprimida con extrema dureza. En su lugar se creó un sindicato oficial ligado al aparato del Estado, del que formaban parte empresarios y trabajadores, con escasas posibilidades reivindicativas. Bajo un régimen dictatorial en el que el más mínimo signo de disidencia era motivo suficiente para ser encarcelado y en una sociedad sumida en la miseria y dominada por el miedo, resultaba prácticamente imposible poner en pie una oposición organizada y estable, si se exceptúa la guerrilla confinada en las montañas y con nula incidencia en las ciudades, liquidada en torno a 1948. La protesta en las fábricas quedó reducida a acciones puntuales, dispersas y con escaso seguimiento ya que la huelga estaba considerada como un delito político de sedición y severamente castigada. No obstante el malestar estalló en alguna acción de masas de gran importancia, como la huelga general en las grandes empresas de Bilbao, en 1947, y la huelga por la subida del precio de los tranvías en Barcelona, en 1951, a la que se adhirió gran parte de la población. Esta situación cambió por completo a partir de los años 60. A finales de los 50 la desastrosa política económica del gobierno había llevado el país al borde de la bancarrota. Hubo que pedir ayuda al FMI y al Banco Mundial y realizar un plan de estabilización y de ajuste. Superado con éxito, el nuevo equipo gubernamental intentó seguir el camino del desarrollismo económico, transitado con anterioridad por los países europeos, aunque sin ceder un ápice en el terreno político. Los ingredientes son de sobra conocidos: bajos tipos de interés para facilitar el crédito, modernización industrial, pleno empleo, oferta asequible de bienes de consumo duradero (comenzando por la lavadora hasta llegar al mítico seiscientos). Franco y sus nuevos colaboradores, los ministros tecnócratas, pensaban que las mejoras económicas bastarían para calmar el malestar, sin necesidad de cambios políticos, pero ocurrió lo contrario, que el malestar hasta entonces soterrado y contenido comenzó a manifestarse en protestas de cariz político dirigidas contra la dictadura. Este giro, que convirtió al movimiento obrero en el eje de la lucha por la democracia, se debió a varias razones. En primer lugar, la entrada masiva en el mundo del trabajo de una generación que no había conocido la guerra, que carecía de la experiencia y la cultura sindical de sus mayores, pero que a diferencia de éstos no estaba traumatizada y paralizada por la derrota. Los jóvenes obreros pensaban que debían aprovechar las oportunidades de mejora que les ofrecía el desarrollismo abandonando la actitud pasiva y resignada de sus padres y exigiendo lo que merecían por su trabajo. En segundo lugar, los esfuerzos de modernización industrial llevaban consigo mejoras en los sistemas de trabajo, sustituyendo el arcaico ordeno y mando por métodos de control de tiempos e incentivos. Sin idealizar la “organización científica del trabajo”, que en el fondo refuerza la autoridad de la empresa, no cabe duda que su práctica se basa en un cierto contractualismo. Por ello fue necesario crear la figura jurídica de los Convenios Colectivos (ley de 1958) por medio de los cuales empresas y trabajadores pactaban las condiciones de trabajo. En tercer lugar, la intuición táctica del Partido Comunista (lider en solitario de la oposición a la dictadura) que vió las posibilidades que abría la nueva situación para impulsar la lucha reivindicativa. Ocupando los cargos de representación sindical, elegidos por la base, se podía participar en la negociación de los convenios y convertir éstos en una punta de lanza de la lucha contra el franquismo. Aunque, en principio, la plataforma de los convenios se ceñía a reivindicaciones económicas y laborales, la exigencia de libertad sindical los convertía en una denuncia contra la dictadura. De la combinación de estos elementos nacieron las Comisiones Obreras que con una forma flexible de organización vertebraron e impulsaron el nuevo movimiento obrero. El detonante de las movilizaciones fue la lucha de la minería asturiana en 1962. Durante dos meses sesenta mil mineros de la región se mantuvieron en huelga desafiando al gobierno que utilizó la violencia para vencerles y, al final, tuvo que aceptar sus reivindicaciones. Era la primera vez, en el franquismo, que se producía un conflicto de tal envergadura y su repercusión nacional e internacional fue notable. En solidaridad con su lucha se realizaron paros en los principales centros industriales de Madrid, Barcelona, Bilbao y otras capitales, hubo asambleas y manifestaciones de apoyo de los universitarios, y un resonante escrito de protesta firmado por los intelectuales y artistas más famosos. La huelga de Asturias significó un punto de ruptura con las inoperantes formas de la lucha clandestina y el paso a un enfrentamiento a cara descubierta en el que las Comisiones Obreras llevaron la voz cantante. En 1964 se creó la Comisión Obrera del Metal, en Madrid, y la Comisión Obrera de Barcelona, que pueden considerarse el punto de partida organizativo del nuevo movimiento, y a su imagen y semejanza se crearon Comisiones Obreras en la principales capitales, a lo largo de 1965-66. Participaron en ellas líderes comunistas (obviamente sin dar a conocer su afiliación) y militantes de los movimientos cristianos de base (JOC, VOJ y HOAC), bastantes de ellos con el cargo oficial de enlace o jurado que los legitimaba ante los compañeros como cargos electos. Asegurada la estructura organizativa las Comisiones se dieron a conocer públicamente en las manifestaciones del 1 de Mayo que tuvieron lugar por primera vez en 1967 y que se convirtieron en una cita anual obligada, siempre brutalmente reprimida por la policía. La conflictividad creció de una forma exponencial en las fábricas y en la Universidad, de tal manera que el gobierno se vió desbordado y, en 1969, declaró el Estado de excepción durante dos meses. A partir de 1970 comenzó la cuenta atrás del franquismo que era incapaz de controlar los continuos conflictos laborales y universitarios, a pesar de la contundencia empleada en la represión, en ocasiones saldada con muertes de manifestantes. Hubo huelgas en empresas de gran significado, como la SEAT, y huelgas generales, en la construcción en Granada, Sevilla y Madrid (1970) en los astilleros de Vigo y el Ferrol (1972) en la zona del Baix Llobregat (1974). Al morir Franco, en noviembre de 1975, se produjo una impresionante oleada de huelgas con las que el movimiento obrero quería impedir la continuidad del régimen. En enero de 1976 había dos millones de trabajadores en huelga en una movilización sin precedentes de amplios sectores de la población. La operación continuista fracasó y el Rey tuvo que nombrar jefe de gobierno a Adolfo Suarez quien pactó con la oposición la transición a la democracia. La transición sindical, es decir, el paso de un movimiento de oposición a la dictadura a su institucionalización como agente social de la democracia, no fue fácil. La propuesta de CC.OO. de convocar un Congreso Constituyente de todas las fuerzas sindicales que diera lugar a una central unitaria no pudo llevarse a cabo por la voluntad de UGT, a su vuelta del exilio, de mantener la autonomía. El panorama quedó configurado con dos grandes sindicatos, CC.OO. y UGT, y otras fuerzas con una implantación restringida a algunas zonas o sectores (caso de la USO activa en algún sector de producción, o de ELA-STV con fuerte presencia en el País Vasco). La competencia por el espacio sindical enturbió las relaciones entre los dos sindicatos mayoritarios y restó claridad a sus propuestas, hasta la huelga general de 1988 a partir de la cual han venido actuando de común acuerdo en las cuestiones fundamentales. La situación económica con la que se encontraron, en 1977, no era nada halagüeña. La crisis se había extendido por los países industrializados y el crecimiento parecía haber tocado techo, el peor escenario para comenzar su actuación unos sindicatos que querían imitar a los europeos. Tanto CC.OO. como UGT (a pesar de las declaraciones con las que pretendían diferenciarse) adoptaron una estrategia orientada a conseguir grandes acuerdos con el gobierno y la patronal con los que se garantizara el empleo y se ampliara la protección social, ni más ni menos que una estrategia socialdemócrata. Los Pactos de la Moncloa, en los que se aceptaban restricciones salariales para frenar la inflación, a cambio, entre otras medidas, de una profunda reforma fiscal, podrían calificarse de un acuerdo de política de rentas a la sueca. Pero como el desempleo seguía su curso imparable, sin que se pusiera remedio, los sucesivos acuerdos se convirtieron en un contrasentido puesto que se basaban en la hipótesis de que se iban a llevar a término políticas keynesianas, cuando gobierno y patronal estaban practicando políticas neoliberales de ajuste duro. Tras una serie de acuerdos en los que se consiguieron cosas interesantes (la consolidación de los derechos sindicales) pero no lo principal (una política activa de empleo) los sindicatos rompieron con el gobierno y la patronal convocando, en 1988, una huelga general que tuvo un seguimiento masivo. A partir de entonces CC.OO y UGT se alinearon con los sindicatos europeos en la lucha contra el neoliberalismo La continuación de la historia En los años 70 de lo que más se hablaba en los círculos políticos y económicos era de la “estagflación” un fenómeno hasta entonces no detectado pero cuya aparición significó el fin del modelo keynesiano. Consistía en que la política de déficit público, dinero barato y salarios altos con la que se pretendía sostener la demanda y mantener el empleo provocaba el efecto contrario, a saber, una inflación incontrolable sin crecimiento económico y, como consecuencia, un retorno del desempleo. Los dos schocks petrolíferos, en 1973 y 1979, agudizaron aún más el problema, ocasión que aprovecharon los economistas hostiles al keynesianismo para desarrollar una contraofensiva en toda regla. A su juicio nos encontrábamos en una crisis de oferta, no de demanda, frente a la que había que llevar a cabo un ajuste duro aunque éste provocara una auténtica debacle de empresas y un desenfrenado aumento del desempleo. El programa de los monetaristas, o neoliberales, encontró dos fanáticos abanderados en el presidente de los Estados Unidos, R. Reagan, y la primer ministro de Gran Bretaña, M. Thatcher, que gobernaron en sus respectivos países durante la década de los 80 y llevaron a cabo las propuestas más radicales: desregulación de los mercados, ataque a los sindicatos y a los derechos de los trabajadores, privatización del sector público, incluyendo parcelas del Estado de bienestar. Los reaganomics y el thatcherismo se convirtieron en obligada referencia y, en cierto modo, se vieron favorecidos por dos hechos de extraordinaria importancia: la aparición y rápida difusión de las tecnologías de la información, y el hundimiento del mundo comunista. De la combinación de ambos ha surgido la característica distintiva de nuestro tiempo, la globalización. Vivimos en mercados abiertos e interconectados, en los que es sumamente fácil deslocalizar la producción a otro país, con un peso agobiante de los mercados financieros que con fabulosas jugadas especulativas marcan el paso a la actividad industrial relegándola a un segundo plano. Tan hostil es el entorno a todo lo que signifique actividad sindical que algunos piensan que ha llegado al final de su historia. La clase obrera industrial, antes compacta y homogénea, se ha ido descomponiendo y ha sido sustituida por el magma fluido de los trabajadores/as de servicios. Las dificultades para encontrar empleo (y para mantenerlo) han exacerbado el individualismo y el desinterés por la acción colectiva, con la consiguiente caída de la afiliación. La cultura obrera como sentido de pertenencia a una clase con unos valores y unas pautas de conducta diferenciadas ha desaparecido. Parece que a los sindicatos no les queda donde cogerse. Sin embargo lo que justifica y exige la lucha sindical no ha desaparecido sino que reina de una manera opresiva. Siguen existiendo la injusticia y la explotación de los trabajadores, las mujeres y los emigrantes, han vuelto situaciones del pasado, la angustia de no llegar a fin de mes o de ser desalojados del piso, la desesperanza sin salida de quienes no encuentran empleo. Todo eso ha reaparecido con más fuerza que nunca, acompañado de un violento ataque a las conquistas sociales. Estando así las cosas los sindicatos no pueden desaparecer y no lo han hecho. Aunque las circunstancias sean adversas (¿cuándo no lo fueron?) los sindicatos están ahí, se mueven y, continuando la historia que aquí hemos trazado, se alzan contra el fatalismo de que no hay otra salida que lo que dicten los mercados. Ante todo se trata de defender las grandes conquistas, de las que hablamos en un apartado anterior, plasmadas en el Estado de bienestar. La importancia de estas conquistas es tan grande y han influido tanto en la vida de las personas que ni el político más reaccionario ni el economista más neoliberal se atreven a impugnarlas. Todos dicen defenderlas, pero existen importantes grupos de poder empeñados en socavarlas reduciendo y privatizando sus prestaciones y servicios. Los sindicatos están siendo el único muro de contención frente a una ofensiva demoledora que afecta a toda la ciudadanía y en España, Italia y, sobre todo, en Francia, han impulsado grandes campañas para frenarla. En contra de quienes afirman que en la sociedad postindustrial el papel de los sindicatos ha quedado reducido a la defensa de los cada vez más irrelevantes trabajadores industriales, los sindicatos están jugando un papel central en la defensa de toda la sociedad. Son los aglutinadores de la protesta por problemas que atañen a todos. La razón por la que los sindicatos siguen teniendo ese papel central es bien sencilla aunque trate de ocultarse: porque la cuestión social sigue siendo el principal problema. Quien se atreve a recordarlo es tachado de anticuado y retrógrado por los mandarines del sistema porque en el terreno de las ideas la izquierda ha perdido la batalla. A lo largo de los últimos veinticinco años se ha producido un recambio espectacular de la hegemonía ideológica. No solo el marxismo, sino también el progresismo latente en el intervencionismo keynesiano, que dominaron la interpretación de la realidad durante el período 1945-80, y que incluían cada uno a su modo una crítica al funcionamiento del mercado, han sido barridos y sustituidos por un tipo de liberalismo economicista para el cual lo único que cuenta es la eficiencia del mercado. Ya no hay cuestión social, solo existe la cuestión económica, lo cual tiene importantes consecuencias porque entonces está de más la política. Si todos hemos de obedecer a los mercados, entonces ya no hay política de derechas ni de izquierdas. Sin embargo, como en el dibujo de El Roto, tal vez no haya derecha ni izquierda pero sigue habiendo arriba y abajo. La realidad muestra que hay ricos (muy ricos) y pobres, explotadores y explotados o, como decía un personaje de Blasco Ibáñez, esquiladores y esquilaos. La cuestión social existe, encubierta pero sangrante, y la función del sindicalismo consiste no solo en resolver algunos de sus problemas sino en volverla a poner en el centro del debate ideológico y político. Esto no significa que deba recluirse en un doctrinarismo de denuncia permanente de los desmanes del capital. A lo largo de su historia el sindicalismo ha sabido combinar la intransigencia con la moderación, el enfrentamiento con el pacto, y lo ha de seguir haciendo. Pero si quiere tener futuro no puede identificar su lógica con la lógica del capital. Ellos y nosotros no tenemos los mismos intereses. Ramiro Reig Universidad de Valencia ORIENTACION BIBLIOGRAFICA Para tener una visión general es recomendable W. Abendroth, Historia social del movimiento obrero europeo (1975). Para España, a pesar de los años transcurridos, M. Tuñón de Lara, El movimiento obrero en la historia de España, I-II (1972). La UGT cuenta con una historia en seis volúmenes, dirigida por Santiago Castillo y publicada por siglo XXI con el título genérico de Historia de la UGT. La amplia bibliografía sobre la CNT ha sido revisada de forma crítica en J. Casanova, coord. Tierra y libertad. Cien años de anarquismo en España (2010). Sobre Comisiones Obreras D. Ruiz, ed. Historia de las Comisiones Obreras (1993). Para Gran Bretaña las obras de referencia son las de Sydney y Beatrice Webb, Historia del sindicalismo, 1666-1920 y La democracia industrial, que se remontan a principios del siglo XX y fueron publicadas en castellano por el Ministerio de Trabajo en 1990. Una síntesis más actual H. Pelling, A history of british trade unionism (1988). Para Alemania contamos con el libro de N. Puig, Trabajo, sociedad y Estado. Los sindicatos libres en la República de Weimar (1988) que estudia los problemas del sindicalismo en el difícil período de entreguerras. Para conocer la reconstrucción de los sindicatos tras la guerra y su estrategia contractual A. Markovits, La política de los sindicatos en Alemania Occidental (1986). Una visión general en M. Schneider, Kleine Geschichte der Gewerkschaften (2000). Sobre el caso francés P. Kalina-Cohen y B. Wilfert, Leçon d`histoire sur le syndicalisme en France (1998), R. Mouriaux, La CGT (1982), H. Hamon y P. Rotman, La deuxième gauche. Histoire intellectuelle et politique de la CFDT (1982). Muy rico en sugerencias, aunque no sea estrictamente de historia sindical, G. Noiriel, Les ouvriers dans la société française (1986). Para Italia L. Bertucelli et. al. Il sindacato nella società industriale (2008) es una obra exhaustiva. De carácter pedagógico F. Loreto, Storia della CGIL (2009). Sobre dos momentos clave del sindicalismo italiano P. Spriano, L’occupazione delle fabbriche (1964) y B. Trentin, Autunno caldo. Il secondo biennio rosso (1999). El sindicalismo en USA, injustamente menospreciado, merece ser conocido. M. Dubofsky, Labor in America. A History (2004) ofrece una panorámica general. D. Montgomery, El control obrero en los Estados Unidos (1985) analiza los momentos más importantes. N. Lichtenstein, Walter Reuther, the most dangerous man in Detroit (1997) es una biografía del lider del sindicato del automóvil que nos permite conocer de [1] Este documento es un capítulo del libro “Reinvindicación del sindicalismo”, que será publicado próximamente por la Fundación 1º de Mayo.